martes, 10 de junio de 2014

El amigo (fragmento)

Gerardo es arrastrado por la corriente humana. Aprieta la moneda con tal rabia que la siente como una mordedura clavada entre sus falanges. ¿Adónde irá? ¿Al café de Mr. Ramón, en el barrio de la
Merced? ¿A los de la Vereda Ancha, que hace poco conocieron los bermejos uniformes de los oficiales ingleses? Le empujan, le empujan... Y de repente advierte que, como en otras ocasiones, está hablando solo.
Es una costumbre que no logra dominar. Ya le sucedía cuando vivía en el colegio. Ahora, desde que clausuraron el instituto, ocho meses atrás, Gerardo sucumbe cada vez más a esa tentación. No podría estar sin hablar con alguien, y súbitamente se sorprende monologando, como un loco. Quizás sea el hambre la que así le vence. El hambre y la soledad.(...) Y Gerardo se encastilló más y más dentro de sí mismo. Sin embargo, su carácter complejo es de los que exigen la dulzura de los demás. Para haberse endurecido así, ¡cuánto sufrió! Acumuláronse los desengaños: primero fueron los compañeros de San Carlos quienes, al descubrir su pobreza y que allí le tenían como a un mendigo a quien se socorre, le hicieron a un lado. Nunca había sabido conquistarles: su timidez pudo más que su necesidad de cariño, y también su
miedo de ser defraudado, su enfermiza sensibilidad que se adelantaba a los imaginarios rozamientos, a la grosera incomprensión que probablemente suscitaría su sed de ternura, tan íntima, tan verdadera, tan difícil de valorar en su medida exacta. Luego, abandonado, incapaz de defenderse, incapaz de soportar un rechazo o una disfrazada compasiónn, cercado por el hambre y por el aislamiento, se hundió paso a paso en la miseria. En los Altos de Escalada adeuda la renta hace tres meses. Y cuando su tortura más requiere un amigo, se ve forzado a ocultarse, a huir de todos, a ambular exclusivamente de noche por una ciudad hostil y desierta, con la esperanza de que un pulpero se conduela de él y, sin que se las pida, le arroje unas sobras, y con el terror de que algún conocido tope con él en ese instante.
Se muerde los labios para ahogar las palabras.

El Amigo (Fragmento). Misteriosa Buenos Aires. Manuel Mujica Lainez

viernes, 23 de mayo de 2014

Una de Jorge Luis

Hay una hora de la tarde en que la llanura esta por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como la música...
J.L.B
El fin. Ficciones

martes, 20 de mayo de 2014

In modifying the behavioral action tendencies...

In modifying the behavioral action tendencies driven by fundamental emotions, the fist step is to provoke the emotions in so far as possible... Adopting strategies that encourage experience of the emotion without engaging in the associated action tendencies (accepting the emotion) is a very basic strategy in this regard. When applied to specific disorders, emotional and behavioral activation, especially in situational context, becomes a particularly powerful tool. D. Barlow

miércoles, 2 de abril de 2014

Como dizia o poeta



Quien ya pasó
Por esta vida y no vivió
Puede sentirse más importante, pero no sabe sobre eso mas que yo
Porque la vida se da
Al que dio, a quien amó a quien, el que lloró
A quien sufrió


¡ Quién jamás vivió una pasión!
Jamás tendrá nada, no
Quien jamás vivió una pasión
Jamás tendrá nada, no

No hay pena mayor
Que la falta de fe
basta un amor que no compensa
Vale más que la soledad.

Abre tus brazos, mi hermano, abandona
Por qué sumar si se puede compartir
Yo francamente, no quiero pensar hablar
Del que no se lanza porque tiene miedo sufrir.


Tenga, el que no abre su corazón
Ése no tendrá perdón.
Tenga, el que no abre su corazón
Ése no tendrá perdón.




domingo, 16 de marzo de 2014

Atravesar sin trampas

 Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno. Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad de retorno con plena conciencia. Beberla hasta el fondo. No puede hacer trampas. No puede poner cara de que no la ve. El hombre moderno hace trampas. Trata de pasar de largo por todos los puntos claves y atravesar gratis desde la vida a la muerte

Milan Kundera

viernes, 14 de marzo de 2014

Testigo de un choque de huesos



Pero se diría que Johnny me deja en prenda esos fantasmas, me los pone como otros tantos pañuelos en el bolsillo hasta que llega la hora de recobrarlos. Y creo que soy el único que los aguanta, los convive y los teme; y nadie lo sabe, ni siquiera Johnny. Uno no puede confesarle cosas así a Johnny, como las confesaría a un hombre realmente grande (...) En Johnny no hay la menor grandeza, lo he sabido desde que lo conocí, desde que empecé a admirarlo. Ya hace rato que esto no me sorprende, aunque al principio me resultara desconcertante esa falta de grandeza, quizá porque es una dimensión que uno no está dispuesto a aplicar al primero que llega (...)


(...) es realmente el chimpancé que quiere aprender a leer, un pobre tipo que se da con la cara contra las paredes, y no se convence, y vuelve a empezar.

Ah, pero si un día el chimpancé se pone a leer, qué quiebre en masa, qué desparramo, qué sálvese el que pueda, yo el primero. Es terrible que un hombre sin grandeza alguna se tire de esa manera contra la pared. Nos denuncia a todos con el choque de sus huesos.


Julio Cortázar. El perseguidor.


sábado, 8 de marzo de 2014

¿Corrupción de menores? María Elena Walsh, 1979




"No hay preguntas indiscretas.
Indiscretas son las respuestas." 

Oscar Wilde 

Vivimos consumiendo preceptos y productos sin cuestionarlos, por temor a la indiscreción de las respuestas y porque es más seguro acatar rutinas que incurrir en singularidades. Un ejercicio de esclarecimiento podría empezar con estas discretísimas preguntas:
¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas "señoras gordas"?
Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad.
La nena suele gozar de una envidiable amnesia para repetir la tabla del cuatro junto con una no menos envidiable memoria para detallar el último capítulo del idilio de tal vedette con tal campeón o el menor frunce del penúltimo modelo de Carolina de Mónaco cuando salió a cazar mariposas en Taormina con su digno esposo.
Consentimos y aprobamos que sea maniática consumidora de chafalonía, vestimenta, basura impresa y todo lo que, en fin, represente moda y no verdad. Consentimos que acuda al espejito más neuróticamente que la madrastra de Blancanieves, que sea experta en cosmética, teleteatros y publicidad, que exija chatarra importada o que calce imposibles zuecos para denuedo de traumatólogos.
Formamos una personalidad melindrosa cortando de raíz —porque todo empieza desde el nacimiento— la sensibilidad o el interés que podría sentir por la variada riqueza del universo.
—Es el instinto femenino —dicen algunos psicólogos de calesita. Eso me recuerda una anécdota. El director de una compañía grabadora estaba un día ocupado en comprobar cuántas veces se pasaba determinado disco por la radio.
—¡Qué bien, qué éxito, cómo gusta, cómo lo difunden a cada rato! —aplaudió entusiasmado. Y después agregó —: Claro que hay que ver la cantidad de plata que invertimos en la difusión radial de este tema...
Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.
Las jugueterías, en vidrieras separadas, ofrecen distintos juguetes para niñas y para varones. En Estados Unidos, no hace muchos años los lugares públicos estaban igualmente divididos "para gente de color" y "para blancos". ¡Dividir para reinar!
A las nenas sólo se les ofrece —o se les impone— juguetería doméstica: ajuares, lavarropas, cocinas, aspiradoras, accesorios de belleza o peluquería.
Si con esto se trata de reforzar las inclinaciones domésticas que trae desde la cuna, ¿por qué no orientarla también hacia la carpintería o la plomería? ¿Acaso no son actividades hogareñas indispensables? Sí, lo son, pero remuneradas. He aquí una respuesta indiscreta.
Los juguetes para varones sortean la monotonía y ofrecen toda la gama de posibilidades humanas y extraterrestres: granjas, tren eléctrico, robots, microscopio, telescopio, equipos de química y electrónica, autos, juegos de ingenio y todo lo que, en fin, estimula las facultades mentales.
¿A la nena no le gustan los animales de granja ni los trenes? ¿No sueña con manejar un coche? ¿No siente curiosidad por el microcosmos o el espacio? ¡Cómo la va a sentir si es cosa de la otra vidriera, la de Gran Jefe Toro Sentado Blanco!
¿Es que el ejercicio de la razón y la imaginación pueden llevarla a la larga a desistir de ser una criatura dependiente y limitada, mano de obra gratuita y personaje ornamental? La respuesta es sumamente indiscreta.
En la casa y la escuela destinamos a la nena a reiterar las más obvias y desabridas manualidades, a remedar las tareas maternas... y a practicar la maledicencia a propósito de indumentaria vecinal.
La nena vive rodeada de dudosos arquetipos y la forzamos a emularlos, comprándole la diadema de la Mujer Maravilla o el manto de cualquier otra maravilla femenil. No falta tío que ponga en sus manos un ejemplar de "Cómo ser bella y coqueta", otro espejito más o la centésima muñeca.
Salvo raras excepciones como Reportajes Supersónicos de Syria Poletti, cuya heroína es una pequeña periodista, el papel impreso que suele frecuentar la nena —incluido el libro de lectura— le muestra a mujeres que, en la más alta cima del intelecto, son maestras. Las demás, aparte de consabidas hadas y brujas, son siempre domadas princesas o abotargadas amas de casas.
La nena sabe, por las revistas que devora como una leona, que en este mundo no hay mujeres dedicadas a las más diversas tareas, por necesidad o por ganas. Lo que es más grave y contradictorio, le enseñan a soslayar el hecho de que su propia madre trabaja afuera o estudia, como si éste no fuera modelo apropiado dada su excentricidad. Jamás vio —y si lo vio mojó el dedo y pasó la página— que hay mujeres obreras, pilotos, juezas o estadistas. Es tan avaro el espacio que los medios les dedican, ocupados como están en la promoción de Miss Tal o la siempre recordable Cristina Onassis.
Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa corromper la sagrada potencia del ser humano?
Por suerte, esta criatura vestida de rosa (no faltará quien diga, confundiendo otra vez causas con efectos, que las nenas nacen de rosa y los varones de celeste, cuando este negocio de los colores distintivos fue invento de una partera italiana, allá por 1919), esta criatura, digo, es fuerte y rebelde, dotada de una capacidad de supervivencia extraordinaria. La nena, en muchos casos, renegará de la manipulación y decidirá ser una persona. Pero ¿quién puede medir la dificultad de la contramarcha y la energía desperdiciada en librarse de tanta tilinguería adulta?
Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas, chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.
Los mayores ponen el grito en el cielo porque la nena no da señales de ir a transformarse en una Alfonsina Storni. Ahí empieza a tallar el prestigio de la cultura —desmesurado porque se trata de otra forma del culto al exitismo individual— y florece una tardía sospecha de que la nena no fue educada razonablemente. Cuando las papas queman, esos pobres padres de clase media argentina comprenden por fin que no son Grace y Rainiero y que la tierra que pisan no es Disneylandia.
En ese preciso momento aparece también el espantajo de la TV, esa culpable de todo. ¿Y quién delegó en ella las tareas de institutriz? La mediocridad de la TV no hace sino colaborar en la fabricación en serie de ciudadanas despistadas.
No se trata de reavivar severidades conventuales ni se trata de desvalorizar el trabajo doméstico ni inquietudes que, mejor orientadas, podrían ser simplemente estéticas. No se trata tampoco de mudarse de vidriera para suponer, por ejemplo, que el automovilismo es más meritorio que el arte culinario, o la cursilería más despreciable que el matonismo.
Toda criatura humana debe aprender a bastarse y cooperar en el trabajo hogareño y a cuidar, si quiere, su apariencia. Lo grave consiste en convencer a la criatura femenina de que el mundo termina allí.
Se trata de comprender que la niña no tiene opción, que es inducida compulsivamente a la frivolidad y la dependencia, que por tradición se le practica un lavado de cerebro que le impide elegir otra conducta y alimentar otros intereses.
La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo cuáquero o musulmán. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que ése es su único destino, incompatible con el uso de la inteligencia. Lo grave consiste en confundir un espontáneo juego imitativo de la madre con una fatalidad excluyente de otras funciones.
A la nena no se le permite formar su personalidad libremente: se la dan toda hecha, y aprendices de jíbaros le reducen el cerebro para luego convencerla de que nació reducida. La instigan a practicar un desenfrenado culto a las apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. La recortan y pegan para luego culparla porque es una figurita. La educan, en fin, para pequeña cortesana de un mundo en liquidación.
¿No es eso corrupción de menores?

Clarín, jueves 5 de abril de 1979. En: Desventuras en el país jardín de infantes